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"Ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre". Mensaje y felicitación navideña de la Conferencia Episcopal de Honduras

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Por dos veces resonarán, en la noche y en la aurora de la Navidad, los textos de la carta de San Pablo a Tito que invitan a la acogida de la bondad, la gracia, la misericordia del Padre que nos entrega al Salvador y nos renueva con su Espíritu. Esta Buena Noticia es el fundamento de la alegría, la paz, la bondad que cada año nos deseamos y experimentamos y que resuena de un modo especial en este momento en el que el Papa Francisco nos ha convocado al Jubileo de la Misericordia.

Unidos a él, cada uno de nosotros, obispos de las Diócesis de Tegucigalpa, Comayagua, Santa Rosa de Copán, San Pedro Sula, Choluteca, Juticalpa, Trujillo, Yoro y La Ceiba, hemos abierto en cada catedral la puerta de la misericordia y ahora nos dirigimos a todo el Pueblo de Dios que camina en Honduras para que abramos nuestro corazón a la bondad de Dios y a su amor por nosotros.

Abrir el corazón al asombro de sabernos amados incondicionalmente, perdonados y reconciliados; a la admiración de reconocer que Dios mismo nace de mujer; a la alegría de ver cómo Dios desea nuestro bien y quiere vernos felices y serenos. El asombro, la admiración, la contemplación, y la acogida de una bondad que nos desborda suponen "recuperar el valor del silencio para meditar la Palabra que se nos dirige". En medio del bullicio y el ruido de la fiesta recuperemos espacios y tiempos para el silencio en cada familia, en cada comunidad, en la intimidad de cada uno. Cuando avanzamos hacia el final del Año de la Vida Consagrada, pedimos a las comunidades religiosas, especialmente a las contemplativas, que nos ayuden a todo el Pueblo de Dios a ahondar en un silencio que reconoce la música callada de la ternura y compasión, de la indulgencia y el perdón de Dios.

Contemplar el misterio de solidaridad de quien no se avergüenza de llamarse hermano nuestro no nos encierra en intimismos y, mucho menos, en la indiferencia o el cinismo. Aquí, en esta Honduras nuestra, en este año tan lleno de corrupción y escándalos, Dios no se avergüenza de llamarse hermano nuestro.
¿Y nosotros? Abramos el corazón para dejarnos querer y para aprender a querer, a reconciliar, a perdonar y a restituir lo defraudado y a compensar el daño causado.

Esta experiencia de cariño y cercanía entre nosotros no es una llamada al "buenismo"- al todo el mundo es bueno- sino a la bondad y, por tanto, a la mirada atenta de los tantos y tantos "rostros sufrientes" de hondureños, hermanas y hermanos nuestros y de sus heridas; al reconocimiento sincero de la injusticia y el pecado que las generan y mantienen abiertas. Cada uno de nosotros estamos urgidos a abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias experiencias existenciales. Cada uno de nosotros obispos, cada presbítero, cada diácono, cada persona consagrada, todo el pueblo santo de Dios hemos de encontrar la alegría del Dios que sale de sí mismo y se acerca a nosotros.. Salgamos más en esta Navidad. Miremos, aunque nos duela, hasta que nos duela, hasta que nos veamos urgidos a reconocer que "la carne se cura con la carne. Y Dios se ha hecho carne para curarnos. Por tanto, también nosotros debemos hacer lo mismo con los demás".(Papa Francisco a los jóvenes en Kenya). Salgamos, “Venzamos la indiferencia y conquistemos la paz”, como nos invitará el Papa el día 1 de enero de 2016. Venzamos la indiferencia ante la pobreza, la desintegración familiar. Comprometámonos a ser constructores de paz en cada familia, en cada colonia, en cada aldea, en cada ciudad, en toda Honduras.

Celebraremos próximamente el centenario de la creación de la Provincia Eclesiástica de Honduras. La diócesis de Comayagua que incluía todo el territorio patrio y que era sufragánea de la Arquidiócesis de Guatemala, pasó a organizarse en dos diócesis: la Arquidiócesis de Tegucigalpa y Santa Rosa de Copán y el Vicariato Apostólico de San Pedro Sula. Durante estos 100 años aquel inicio pasó a desplegarse hasta la realidad actual: nueve diócesis que caminamos en comunión y que desde la cercanía a la múltiple realidad hondureña pueden ser testigo veraz de la misericordia profesándola y viviéndola como el centro de la Revelación de Jesucristo.
Damos gracias a Dios por el camino recorrido y la tarea realizada. Especialmente porque la imaginación de la caridad ha hecho brotar múltiples iniciativas que muestran cómo la misericordia no es un sentimiento ineficaz sino que produce obras que transforman cuerpo y alma. Agradecemos los esfuerzos realizados, tanta ayuda fraternalmente recibida de otras diócesis y de congregaciones misioneras. Recordamos también que este tiempo de Navidad es especialmente indicado para comprometernos en tareas de voluntariado, en apoyo generoso y comprometido a los proyectos y programas que hacen visible que donde hay cristianos hay un oasis de misericordia.

Pero esta Navidad del Jubileo de la Misericordia nos mueve también a revisar y ahondar el compromiso de servicio a los hermanos para que los oasis no sean espejismos que no ofrecen agua al sediento. Pedimos a cada parroquia, a cada institución, proyecto, programa de caridad, a cada una de nuestras diócesis que revisemos nuestras estructuras de pastoral social y nos comprometamos a organizar, con motivo de este Jubileo, un encuentro de todos los responsables de estas tareas para que la misericordia, la justicia y la paz sean expresión eficaz de que la misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia.

En esta carta nos hemos ido haciendo eco de la Bula del Papa Francisco, Misericordiae Vultus. Terminamos invitándoles a leer ese texto pero sobre todo a acoger la Buena Noticia que nos asombra, alegra y mueve a amar: Nos ha nacido un Salvador, el mesías, el Señor.
A todos les deseamos una gozosa Navidad y un Feliz Año de la misericordia.

Conferencia Episcopal de Honduras.
17 de Diciembre 2015

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