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Corpus Christi en Panamá

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Cita Eucarística de miles de fieles en el estadio Rommel Fernández.

En Panamá, la Cita eucarística es un encuentro masivo de los católicos en torno a la fiesta del Corpus Christi. Se lleva a cabo una semana después de esta solemnidad, cuando se acostumbra que el arzobispo generalmente en su homilía haga un pronunciamiento vinculado a la realidad eclesial y la realidad social. 

El 21 de junio, en esta XLV Cita Eucarística ──que tuvo por lema "Eucaristía, fuente y escuela de comunión"── y se realizó en el estadio Rommel Fernández, presidió la celebración el Cardenal José Luis Lacunza, quien tuvo a su cargo la predicación. El arzobispo de Panamá, monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, pronunció unas palabras antes de hacer la bendición final con el Santísimo. Ambas intervenciones son esperadas por la feligresía.

La crónica periodística describe que “esta Cita Eucarística congrega a los fieles, en uno de los misterios más hermosos de la fe cristiana, que es la presencia real de Jesucristo en la comunión y en la reflexión sobre cómo somos la Iglesia en medio de la sociedad.

”La misa inició a las 9:00 am, donde estuvo presente el cardenal José Luis Lacunza, junto con el arzobispo de Panamá, José Domingo Ulloa y los obispos del país.

”En la eucaristía también estuvieron presentes el Alcalde de la ciudad de Panamá, José Blandón, y el presidente Juan Carlos Varela junto con la primera dama, Lorena Castillo.

”En la homilía, el cardenal Lacunza felicitó a los padres en su día y pidió a los cristianos ser mejores ciudadanos”.

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Compartimos con nuestros lectores la homilía del cardenal José Luis Lacunza y, a continuación, las palabras de arzobispo de Panamá, monseñor José Domingo Ulloa Mendieta.

HOMILÍA DE SU EMINENCIA REVERENDÍSIMA JOSÉ LUIS CARDENAL LACUNZA

EN LA XLV CITA EUCARISTICA, DOMINGO 21 DE JUNIO DEL 2015.

Estadio Rommel Fernández

Fiel al mandato del Señor, “Hagan esto en memoria mía”, la Iglesia celebra la Eucaristía todos los días. Si pudiéramos hacer un recorrido virtual por todo el mundo, nos daríamos cuenta de que en todo momento hay algún sacerdote pronunciando las palabras del Señor: “Tomen y coman todos de él porque esto es mi cuerpo”, “Tomen y beban todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre”. Además, la Iglesia, en su calendario litúrgico, dedica dos solemnes celebraciones al Misterio Eucarístico: la primera es el Jueves Santo, en que se celebra la Institución de la Eucaristía, junto con la del Sacerdocio y el Mandamiento del Amor; la segunda, el Corpus Christi, en la que se pone de relieve la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía y el culto público a la misma. Nuestro querido y bien recordado Arzobispo Mons. Marcos G. McGrath, en 1971, inventó la fórmula de la Cita Eucarística para darle al Corpus un relieve que se estaba perdiendo y, sobre todo, para darle la connotación diocesana y expresar la dimensión comunitaria de la fe. Es lo que estamos celebrando hoy, en el marco, también, de la celebración de la Jornada de la Vida Consagrada y del Día del Padre.

Hemos escuchado un breve relato del evangelio de Marcos. Todo comienza con una orden de Jesús: «Vamos a la otra orilla». Los discípulos saben que en la otra orilla del lago Tiberíades está el territorio pagano de la Decápolis. Un país diferente y extraño. Una cultura hostil a su religión y creencias. De pronto, se levanta una fuerte tempestad: viento huracanado, olas que rompen contra la barca, agua que comienza a invadirlo todo... Mientras tanto, en la popa, Jesús duerme. Despertado por sus discípulos, Jesús interviene, el viento cesa y sobre el lago viene una gran calma. Lo sorprendente es que los discípulos «se quedan espantados». Si antes tenían miedo a la tempestad, ahora parecen temer a Jesús. Sin embargo, algo decisivo se ha producido en ellos: han recurrido a Jesús; han podido experimentar en Él una fuerza salvadora que no conocían. Y comienzan a preguntarse por su identidad. Comienzan a intuir que con Él todo es posible.

"Pasemos a la otra orilla" no tiene un significado meramente geográfico. Es una invitación a salir de las propias fronteras de la tierra creyente, allí donde se pisa suelo firme y conocido, y adentrarse en territorio pagano, desconocido, hostil. Y esto nos lleva a pensar en las dos actitudes que solemos asumir en la evangelización: 1) Atrincherarse en la propia orilla, defender las propias posiciones, buscar la seguridad y la tranquilidad de lo conocido, lo propio, donde encontramos nuestras mismas creencias e ideas, donde vivimos compartiendo las mismas posiciones. 2) Creer en la Buena Noticia y llevarla más allá de nuestras fronteras; arriesgarse a otras orillas en las cuales no encontraremos las seguridades y muchas veces sí los riesgos de situaciones, ideologías, personas que no nos son familiares, lo que el Papa Francisco llama las periferias.

El Reino de Dios es tan expansivo y dinámico que nunca debemos guardarlo en "nuestra orilla", que siempre debemos llevarlo hacia otras orillas y fronteras. El discípulo de Jesús debe buscar siempre nuevas orillas y fronteras, y, como el mismo Jesús, tiene que estar siempre “en salida”, ser misionero.

Preguntémonos como lo hace un conocido autor: ¿Qué nos está sucediendo a los cristianos? ¿Por qué son tantos nuestros miedos para afrontar estos tiempos y situaciones cruciales, y tan poca nuestra confianza en Jesús? ¿Es miedo a hundirnos? ¿Es búsqueda ciega de seguridad? ¿Por qué nos resistimos a ver que Dios está conduciendo a la Iglesia hacia un futuro más fiel a Jesús y su Evangelio? ¿Por qué buscamos seguridad en lo conocido y establecido en el pasado, y no escuchamos la llamada de Jesús a "pasar a la otra orilla" para sembrar humildemente su Buena Noticia en un mundo indiferente a Dios, pero absolutamente necesitado de esperanza, de ilusión, de la Buena Noticia? (Cfr. J. A. Pagola)

Algunos estudiosos destacan el empeño de Jesús por liberar a las gentes del miedo que puede anidar en el corazón humano. Los evangelios repiten una y otra vez sus palabras: «No tengan miedo a los hombres», «no tengan miedo a los que matan el cuerpo», «no se turben sus corazones», «no sean cobardes», «no tengan miedo, ustedes valen más que los pajarillos». Hasta el punto de que alguien ha dicho que Jesús es «el único fundador religioso que ha eliminado de la religión el elemento del temor». Pero, a pesar de todo, seguimos aprisionados por el miedo.

Ciertamente, la fe cristiana no es una receta psicológica para combatir los miedos, pero la confianza radical en un Dios Padre y la experiencia de su amor incondicional y eterno, ofrecen al creyente la mejor base para afrontar la vida con paz. Si el fundador del psicoanálisis afirmaba que «amar y ser amado es el principal remedio contra todas las neurosis», nos hace bien escuchar las palabras de Jesús a sus discípulos en medio de la tempestad: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?».

Llevamos veintiún siglos celebrando la Eucaristía, comiendo el Cuerpo y bebiendo la sangre de Cristo. En el contexto de la cena pascual y habiendo cumplido con los ritos prescritos, Jesús introduce unos gestos que él mismo explicó: «Mientras ellos comían, tomando pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio, diciendo: “Tomen, coman, esto es mi cuerpo”. Y tomando una copa, dando gracias, se la dio, diciendo: “Esto es mi sangre de la Alianza, derramada por muchos”». En lugar de la carne del cordero, da a comer su propia carne y en lugar del sangre del cordero, que era derramada y con la cual se había sellado la antigua alianza, Jesús asegura que su sangre también será derramada y será el sello de una nueva y eterna Alianza con Dios. Lo que quiere significar es que en adelante Él mismo es el Cordero Pascual, el Cordero de Dios. En este sacrificio, Jesús es el sacerdote y la víctima. Y los que participan de él comen verdaderamente el Cuerpo de Cristo y beben verdaderamente la Sangre de Cristo y quedan llenos de su misma vida divina.

Cuando, al terminar la consagración, el sacerdote dice “Misterio de Fe”, se pone de relieve que sólo es accesible por la fe, que escapa a nuestras connotaciones científicas o experienciales. En el himno “Pange, lingua” lo proclamamos así: “Aquella creadora Palabra, con palabra sin mudarse, lo que era pan, ahora en carne hace tornarse, y el vino en propia sangre transformarse. Y puesto que el grosero sentido se acobarda y desfallece, el corazón sincero por eso no enflaquece, porque la fe le anima y favorece.” Y añade al final: “Y si el sentido queda pasmado de tanta y nueva cosa, lo que él no puede, pueda, ose lo que él no osa, la fe determinada y animosa.” Si, llevados por la curiosidad, entramos en alguno de los buscadores de internet y escribimos “milagros eucarísticos”, nos saldrá una lista de no menos de 20 sucesos milagrosos, desde Lanciano hasta Santarem, en los que Dios, de manera extraordinaria, ha dejado y deja ver la realidad eucarística. Pero nuestra fe no está colgada de los hechos milagrosos, sino de la Palabra de Jesús: Jesús dijo que eran su Cuerpo y su Sangre y su Palabra es la ley.

El evangelista San Juan no narra la institución de la Eucaristía y, en su lugar, coloca el episodio del “lavatorio de los pies”. No se trata ni de desconocer ni de minusvalorar el acontecimiento eucarístico sino más bien de poner de relieve las exigencias y consecuencias prácticas del mismo. Juan viene a decirnos que no tenemos que conformarnos con la celebración ritual ni con la contemplación espiritual del sacramento sino que el que come el Cuerpo y bebe la Sangre de Cristo debe dejarse “cristificar”, o sea debe moldear su vida al estilo de Jesús: una vida entregada, gastada, ofrecida por los demás.

En sus palabras antes del Ángelus el pasado domingo, en que se celebró la solemnidad del Corpus, decía el Papa Francisco: “…no basta afirmar que en la Eucaristía Jesús está presente, sino que es necesario ver en ella la presencia de una vida donada y participar de ella. Cuando tomamos y comemos ese Pan, somos asociados a la vida de Jesús, entramos en comunión con Él, nos comprometemos a realizar la comunión entre nosotros, a transformar nuestra vida en don, sobre todo a los más pobres. […] El Cristo, que nos nutre bajo las especies consagradas del pan y del vino, es el mismo que nos viene al encuentro en los acontecimientos cotidianos; está en el pobre que tiende la mano, está en el que sufre que implora ayuda, está en el hermano que pide nuestra disponibilidad y espera nuestra acogida. Está en el niño que no sabe nada de Jesús, de la Salvación, que no tiene fe. Está en cada ser humano, también en el más pequeño e indefenso. La Eucaristía, fuente de amor para la vida de la Iglesia, es escuela de caridad y de solidaridad. Quien se nutre del Pan de Cristo ya no puede quedar indiferente ante los que no tienen el pan cotidiano.

Antes, el jueves, al celebrar el Corpus en la Basílica de Letrán, había dicho: “Así la Eucaristía actualiza la Alianza que nos santifica, nos purifica y nos une en comunión admirable con Dios. Así aprendemos que la Eucaristía no es un premio para los buenos, sino que es la fuerza para los débiles, para los pecadores. Ella es el perdón, es el viático que nos ayuda a andar y caminar”.

Como al profeta Elías, Jesús, ante nuestros miedos, cobardías, indiferencias, desilusiones, nos está diciendo “come y camina”. Para no dejarnos vencer por el miedo, por la tibieza, por la mediocridad, necesitamos alimentarnos con el Pan de Vida. Un cristiano alimentado con el Pan de Vida tiene fuerza para afrontar la corrupción, el desgreño económico; tiene fuerza para denunciar la injusticia y la impunidad; tiene fuerza para limpiar toda la escoria que parece adueñarse de nuestro país y enlodarlo todo. No se trata de buscar venganzas estériles y anticristianas, ni de hacer circos mediáticos, ni de esparcir a los cuatro vientos infamias, calumnias o sospechas infundadas. Es cuestión de buscar la verdad con legalidad y caridad y acogiendo los dictámenes de la justicia, respetando a rajatabla la presunción de inocencia, el debido proceso y la independencia de poderes del Estado. Porque el buen cristiano debe ser un buen ciudadano y, por lo tanto, un comprometido con el bien común. Y ni el egoísta, ni el comodón, ni el indiferente, ni el corrupto, ni el corruptor son buenos ciudadanos ni buenos cristianos.

No quiero terminar sin dedicar dos palabras a los consagrados y consagradas y a los papás. Por distintos motivos y caminos, pero con idéntico fin, ustedes son pilares de la renovación de la vida social y eclesial. Por un lado, consagrados y consagradas, mediante la vivencia radical del Evangelio imitando a Jesucristo, Testigo del Padre, y dando testimonio de la absoluta primacía de Dios y de su Reino (cfr. DA 219), nos recuerdan y animan a vivir con fidelidad, alegría y audacia, la entrega al proyecto del Padre: que todos los hombres y mujeres participen ya desde ahora de la vida de Dios. Por otro lado, ustedes, papás, no son sólo generadores de la vida física de sus hijos e hijas: engendran personas destinadas a formar parte de la familia de los hijos e hijas de Dios y ustedes deben ser los primeros en abrir sus corazones, sus mentes y sus vidas a esa vocación divina. No cabe duda de que la generación de hombres y mujeres capaces de regenerar el mundo en que vivimos, requiere de modelos y motores que les hagan ver a las nuevas generaciones el sentido y pertinencia de los valores religiosos, morales y sociales. Y ustedes deben asumir ese rol.

Y un último apunte. La Cita Eucarística, prácticamente desde sus inicios, ha estado vinculada, por la cercanía de las fechas, a la memoria del P. Héctor Gallego. Como Iglesia panameña, a la que sirvió con generosidad el P. Héctor, no podemos dejar caer en el olvido su memoria. En la última Cita que presidió Mons. McGrath, en 1993, recordando al Padre Héctor Gallego, a quien denominó “el Sacerdote Evangelizadorurgió a las Autoridades Competentes a descubrir la verdad sobre el Padre Héctor porque “a ella tiene derecho la comunidad cristiana y la conciencia nacional”. Y añadió: “El Padre Héctor es para la Iglesia que peregrina en Panamá un ejemplo preclaro y generoso de aquella evangelización integral de nuestro pueblo en lo religioso y social, con amor singular por los pobres”.

El Papa Francisco nos dice que María nos recuerda que Hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia. Porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes (EG 288). Aprendamos de María a ser hombres y mujeres eucarísticos para convertirnos en servidores al estilo de Jesús.

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PALABRAS DEL ARZOBISPO DE PANAMÁ JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA

45 CITA EUCARÍSTICA --  21 DE JUNIO DE 2015 -- ROMMEL FERNÁNDEZ

Nos encontramos reunidos aquí por la gracia del Señor, que en su nombre nos convoca para dar gracias por su infinito amor y misericordia. Gracias querido hermano Cardenal José Luis Lacunza por presidir esta celebración; gracias Mons. Andrés Carrascosa Coso, Nuncio Apostólico,  en usted sentimos la cercanía del Papa Francisco en Panamá; gracias muy querido hermano en el episcopado,  Jesús Sanz Montes, o.f.m., Arzobispo de Oviedo, quien ha estado con nosotros en el Congreso de Vida Consagrada y que estarácompartiendo en la Cena de Pan y Vino, su testimonio de vida sacerdotal.

Gracias obispos panameños, gracias sacerdotes, religiosas y religiosos que han concluido con su Congreso de Vida Consagrada para repensar su rol en la misión de la Iglesia según los nuevos tiempos. Gracias diáconos y seminaristas, la vocación cada vez debe ser vivida con más pasión y coherencia. Gracias hermanos laicos y laicas que sostienen nuestra Iglesia.

Gracias por su presencia Señor Presidente Juan Carlos Varela Rodríguez y Primera Dama  Lorena Castillo, gracias  autoridades presentes.

Gracias a los comunicadores y medios de comunicación panameños POR SU GRAN APOYO A LA IGLESIA y a EWTN que transmite esta celebración para Estados Unidos, Latinoamérica y España.

La Iglesia Católica en Panamá tiene mucho que agradecer y no nos cansamos  de decir GRACIAS, PADRE por tanta bondad.

Hemos celebrado con gozo 500 años de ser la primera diócesis en tierra firme. Y hoy agradecemos a Dios que, a través del Papa Francisco,  ha bendecido a esta iglesia panameña con nuestro primer cardenal, en la figura del Cardenal José Luis Lacunza, quien es nuestro decano en la Conferencia Episcopal y ha compartido permanentemente su sabiduría, su sensibilidad y su celo pastoral para hacer presente el evangelio, ahí precisamente donde más necesita ser conocido. Gracias, Cardenal Lacunza por su entrega generosa, gracias por cimentar en Panamá, el evangelio de Jesucristo, porque ha sabido hacer esa opción por los desposeídos, los excluidos de las grandes riquezas materiales que goza nuestro país. Su voz enérgica la ha hecho sentir en situaciones de injusticia, de inequidad, en medio de conflictos y enfrentamientos entre hermanos ha sabido buscar caminos de diálogo y reconciliación.

Renovación de la Iglesia Panameña

Hermanos somos una Iglesia que camina en la esperanza, abriendo sus puertas para salir al encuentro del alejado. Hoy entorno a la mesa eucarística fuente y camino de comunión colocamos nuestro proyecto pastoral, que responde al proceso de conversión y renovación eclesial, a que nos ha llamado la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y Caribeño, para ser cada vez más visible y presente la Iglesia de Jesucristo en el mundo.

Redescubrir el proyecto de Dios en Panamá

Por eso mientras exista la Iglesia,  los discípulos y misioneros de Jesucristo JAMÁS podremos callar ni ser indiferentes ante las grandes injusticias sociales, ante las inequidades y discriminaciones que traen sumida en la pobreza  -no solo material sino también espiritual- de grandes sectores  de nuestros pueblos.

Nuestro proyecto pastoral va encaminado a esto; a no ser cristianos pasivos, a llevar  la propuesta de vida al estilo de Jesús, de aceptar nuestra limitaciones, pero confiar en la fuerza transformadora y sanadora del Espíritu Santo, que nos envía a vivir un Pentecostés eclesial y social. 

No dejar de sorprendernos

Actualmente, nos sorprendemos y escandalizamos con los casos de corrupción, los desfalcos millonarios que cada día salen en los noticieros; junto a la violencia intrafamiliar;  los femicidios, los crímenes y asesinatos en nuestros barrios; el abandono de nuestros niños y ancianos. Nos sorprendemos con el poco valor -que lamentablemente- damos a la vida, a la dignidad de la persona. Y Dios quiera que sigamosescandalizados con esto, que no nos acostumbremos, que no veamos esto como normal.Porque esto SÍ seria fatal para la misma existencia humana.

Cada vez vemos cómo surgen más casos de corrupción en nuestro país, donde los millones y millones de dólares fueron robados a los pobres, a los más necesitados de atención en salud, de educación, de vivienda, de luz, de agua potable. 

Sin embargo, no podemos ni absolver ni condenar mediáticamente. Hay que dar paso a los procesos de justicia para que la VERDAD salga plenamente. Por eso es necesario que se agilicen las investigaciones para cumplir con los términos legales y  así llegar a la presentación de cargos e iniciar los respectivos juicios hasta su conclusión.  Y de  probarse los cargos, DEBE DARSE la condena de los implicados. Garantizar la CERTEZA del castigo será fortalecer más la institucionalidad y la justicia.

Nos parece importante que parte de los recursos  devueltos  en estos casos, deben  ser invertido en el Ministerio público para que tenga las condiciones que le permita ejercer con plena competencia y libertad su trabajo. La justicia tiene sus costos que debemos asumir para que se resguarde la institucionalidad. Y  así podamos comprender que  nuestras acciones traen consecuencias.

¿Donde está la raíz de los males sociales?

¡Qué bueno es que podamos preguntarnos: ¿Cuál  es la raíz de estos males? La raíz de todos estos males sociales, está precisamente en que no QUEREMOS tener a Dios en nuestra vida.

El resultado una familia enferma,  que se manifiesta en una sociedad que luego se vuelve permisible, indiferente, individualista y sectaria antes los males del prójimo, ante los males sociales.

Tenemos que reconocerlo los problemas de corrupción que  vivimos y que ha vivido Panamá,  se debe no solo a líderes que sin escrúpulos han abusado del  poder que se les había confiado sino también, que son consecuencia de ciudadanos indulgentes que hemos propiciado este tipo de comportamiento, lo hemos avalado e incluso justificado.

Hermanos y hermanas: esta es la lógica de los corruptos. Y es esta lógica que se hace patente en los ambientes donde estamos, con la mentalidad del “juega vivo”;  de que hay que aprovechar la posición en el gobierno o las relaciones con un funcionario para robarle los dineros del erario público como si fueran herencias personales”.

Un liderazgo moral

Frente a todo esto quisiera hacer un llamado a todos los niveles: gobierno, sociedad, familias, iglesias, empresas, sindicatos, asumamos nuestra culpa en el derrumbe de la nación a causa de la corrupción, la pobreza, la injusticia, pero no solo nos quedemos en ello, propongámonos asumir la responsabilidad de crear un presente y futuro distintos para las generaciones venideras. 

Pues la libertad es una responsabilidad personal y social. Y Todos somos responsables de crear otro tipo de sociedad. Por eso necesitamos un nuevo liderazgo moral a todos los niveles, familia, gobierno, empresa, sindicatos e iglesias. Pasemos  de la pasividad a la acción consiente y responsable, pero libre desde adentro por nuestras convicciones.

Pues sino,  seguiremos sufriendo las consecuencias que dan como resultado familia enferma, sociedad enferma, y así seguiremos construyendo una sociedad permisible, indiferente, individualista y sectaria.

Laicos llamados a ser luz

¿Y qué hacemos como cristianos para transformar esta realidad? No podemos estar ni inmóviles ni pasivos, porque sería un pecado social de omisión. El cristiano no debe entrar en esta lógica de la corrupción” que está asfixiando al mundo. Hoy se necesita testigos del amor y la misericordia de Dios. Ser solidario con los pobres tiene que llevarnos a hacer todo bien, a cuidar y velar por los bienes particulares como estatales, pero también la naturaleza. 

Quiero en este sentido invitarlos a leer la reciente encíclica del Papa Francisco “LAUDATO SI’, MI SIGNORE” “ALABADO SEA MI SEÑOR”, que nos habla del cuidado de nuestra casa común, LA TIERRA, advirtiendo que: “La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que «gime y sufre dolores de parto».  Una lectura que debe  ayudarnos a buscar preservar nuestra riqueza humana y ecológica, y nos iluminará a  impulsar políticas de Estados, para el cuidado y protección de nuestra naturaleza y del ser humano,  que están afectados por tantos proyectos que atentan contra su existencia. Nunca lo económico puede estar por encima de la persona humana y de su entorno.

Somos conscientes que ir contracorriente no es  “una tarea difícil”, pero no es tampoco una tarea imposible. Como cristianos debemos levantar nuestra bandera, para afrontar con responsabilidad cristiana y ciudadana los desafíos en Panamá. Es una tarea obligatoria que demanda de sus mejores hombres y mujeres,  porque nos jugamos nuestra supervivencia como Nación.  

San Juan Pablo II ya lo vislumbraba, este siglo es de los laicos. Les animo a que no estén metido en los templos, salgan de las cuatro paredes que lo instalan, los encarcelan, hay que ir donde necesitan de DIOS. Basta de la dependencia clerical, ustedes están llamados a ser luz y sal del mundo, de anunciar a Jesús y denunciar todo aquello que va en contra del mandamiento del amor y de la misericordia de Dios.

Reavivar los valores de la familia

Al iniciar la Semana de la Familia, este domingo, con el Día del Padre, queremos no solo felicitar a los padres, sino hacer un llamado especial a los papás: Es tiempo de  fortalecer y en algunos casos recomponer  tus  relaciones con tus hijos.

Vive a plenitud tu vocación de Padre, porque no hay un regalo más grande que el poder ser instrumento de Dios para dar vida. No deseches la hermosa experiencia de ser papá, porque después quizá sea demasiado tarde.

Enviados por el Señor

Al terminar esta celebración salgamos con un propósito  cada uno desde las trincheras donde el Señor nos ha colocado para sumir nuestro compromiso de recomponer la sociedad panameña, a través del anuncio y el testimonio cristianos,  que en medio de las tinieblas de la corrupción, del juega vivo; podamos  dar razón de nuestra fe, sin miedo y con la alegría propia del que encuentra en Jesucristo su plena felicidad, que desea compartir con los demás, sin imposición, sin proselitismo, con una participación ciudadana activa, siendo gestores de propuestas para alcanzar un país más digno, más humano, sin exclusiones ni discriminaciones. 

Llegó la hora de despertar y ser un cristiano valiente, sin miedo a proclamar la verdad, y la verdad para el cristiano es Jesucristo.

Por eso te digo: ¡Panamá cristiana, levántate y anda! Cumple con tu misión irrevocable de anunciar el Reino de Dios en el mundo, con la alegría que da el encuentro con Jesucristo: CAMINO, VERDAD Y VIDA, PARA QUE NUESTROS PUEBLOS EN ÉL TENGAN VIDA Y VIDA EN ABUNDANCIA. 

Audio Cardenal José Luis Lacunza

Audio Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta

Eunice Briseida Meneses Araúz – Francisco Rodríguez – Virginia Bonard

FUENTE: Conferencia Episcopal de Panamá y diario El Siglo (Panamá)