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“La diócesis de San Pedro Sula es posible porque son los laicos los que construyen la Iglesia”. Monseñor Ángel Garachana

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Angel Garachana Pérez nació en Barbadillo de Herreros, Burgos. Él mismo se define burgalés de pro, como el Cid Campeador, burgalés serrano. Desde niño ya quería ser misionero, para imitar a un misionero claretiano de su pueblo, por lo que cree que Dios a cada uno, ya desde sus raíces, le va marcando. De los 14 a los 28 años fue su formación con los Misioneros Claretianos, en los que se fraguó su personalidad, sintiéndose identificado con ese espíritu y carisma.

Su primer destino, en 1972, fue en una gran parroquia de la ciudad de San Pedro Sula (Honduras), a donde con el paso del tiempo volvería como obispo, como respuesta a su continuo deseo de ir a las misiones de la Congregación. Eran los años posteriores al Vaticano II, cuya teología había estudiado en Roma y Salamanca.

Esa presencia misionera sólo duró tres años, pues por determinación de sus superiores pasó veinte años en cargos de formación y gobierno de su Congregación, en la Provincia Claretiana de Castilla. Estando en esas tareas fue nombrado obispo de San Pedro Sula, ante lo que en un principio se resistió, pero aceptó desde una actitud de disponibilidad y sabiendo que iba a una diócesis misionera y necesitada. Este miércoles, 3 de febrero, se cumplen veintiún años de ministerio episcopal.

En esta entrevista nos cuenta lo que es su vida, su misión episcopal entre el pueblo hondureño, todo lo que con ellos ha aprendido y cómo trata de responder a los desafíos que van apareciendo en su vida del día a día. Así mismo, ofrece una imagen de obispo muy diferente a los parámetros a los que muchos están acostumbrados.

¿Cómo es Honduras y el pueblo hondureño?

El pueblo hondureño, por una parte, es un pueblo muy cariñoso, muy acogedor, muy afectivo. No conozco ningún misionero que haya venido a Honduras y quiera marcharse. Como que nos atrapan por el afecto, por la acogida. Incluso cuando viene alguno de visita lo dice, como la gente te quiere, te atiende. Pero al mismo tiempo llevamos ya unos años en que en este pueblo tan afectuoso, tan cariñoso, tan acogedor, por diversas causas que yo no acabo de entender, se ha desarrollado una violencia muy fuerte, de tal manera que la violencia está como a flor de piel, y por cualquier causa surge la violencia, que procede del crimen organizado, del narcotráfico, la violencia social. Encontramos una contradicción en el pueblo hondureño, tan cariñoso pero a la vez tan violento en los últimos años.

Es un pueblo también con una resignación grande, que no es mera pasividad. Una señora decía que no es pasividad, es fortaleza de ánimo, porque con todo lo que vivimos se necesita una fortaleza paciente, perseverante, muy grande. Pero quizás el pueblo necesita como un punto más de protesta, de organización, de rebeldía, ante tantas situaciones de injusticia y de violencia. Ese equilibrio creo que sería bueno.

¿Cómo entiende a Dios este pueblo?

Primero hay que decir que es un pueblo religioso, Dios está presente en todo, está presente en el final de los discursos del Presidente del país, que dice Dios los bendiga, Dios bendiga Honduras, está presente en la gente que va en el bus y allá pone el letrero Dios te ama, está presente en todo. Dios aun está presente en la cultura hondureña.

Ahora bien, mi pregunta que trato aun de discernir es esta: ¿cómo es tu Dios, cuando tú dices Dios en que estás pensando, cuando yo digo Dios pensamos lo mismo o hay muchas imágenes de Dios? Me viene al pensamiento una poesía, que no me sé al pie de la letra, de mi hermano claretiano y obispo Casaldáliga: Donde tú dices Dios, yo digo justicia, paz y liberación, donde tú dices justicia, paz y liberación, yo digo Dios.

Por una parte es positivo ese sentido religioso, esa referencia, ese desear a Dios, pero por otra parte veo que muchas veces el nombre de Dios es tomado en vano, pues se tiene a Dios en los labios, pero luego no se tiene su voluntad en las obras, estar hablando de Dios en todo el ámbito político y luego tener un comportamiento de corrupción. Eso es una contradicción que frecuentemente se da entre nosotros.

También una imagen de Dios en la que queremos un Dios providencialista. Por ejemplo, los estudios que se han hecho dada la problemática de Honduras, ¿quién espera el pueblo que solucione esto? Hay una visión muy providencialista que espera que Dios lo arregle, a Dios se lo dejo. Está bien esa confianza, pero es también una imagen de Dios como que Él lo va a arreglar todo y yo no pongo de mi parte lo que tendría que poner. Un excesivo providencialismo como si Dios fuera quien arregla de manera directa las cosas.

Al mismo tiempo hay también la experiencia de un Dios muy cercano, muy bueno. Cuándo Jesús a Dios le llama Abba, cómo me llamó la atención cuando llegué a Honduras y vi que las abuelitas le dicen a Dios: ¡Ay mi papaíto lindo! Eso en España nunca se oye. Hay esa relación, esa cercanía, ese afecto a un Dios afectuoso, cercano, que me cuida y me ama. Diversas imágenes de Dios, cada una con su valor y sus posibles deformaciones.

Por lo que usted dice, siempre fue su deseo ser misionero, ¿qué supone en su vida el hecho de ser obispo misionero?

Ser obispo casi no me lo creo.

Pero hoy, ¿si es misionero, es porque es obispo?

Pero si no estaría de misionero en África o a saber dónde, pues cuando me faltaban tres años de provincial, yo ya les había dicho a mis superiores de la Congregación que no me reeligiesen y que me ofrecía para ir a África de lengua española o francesa.

La palabra obispo, por cuestiones históricas, va cargada de muchas resonancias y reminiscencias, y quizás cuando yo digo obispo estoy sintiendo de diferente manera que cuando otro dice o escucha obispo, que puede pensar en alguien importante, que tiene poder, que se sitúa por encima de los demás..., y yo me veo tan normal, tan sencillo, tan en medio de la gente, que para mí no tiene ninguna categoría de dominio, de poder. Tiene más bien el sentido de estar con la gente, de quererla, de servirla, de hablar de Jesús, de consolar, de animar. Entonces es una experiencia muy sencilla, mi modelo es Jesús. Digo a la gente, no me digan monseñor, díganme padre, y a veces me dicen padre monseñor.

Mi manera de ser obispo quiere reflejar la de Jesús, estar en medio de la gente, con sencillez, con cercanía, con afecto, tratando de animar, de consolar. Misionero significa un obispo que está en un lugar donde hay grandes necesidades de evangelización, un obispo que quiere plantear una Iglesia no cerrada, sino abierta, que sale fuera, muy sensible a los problemas, samaritana. Trabajando todos estos aspectos, inspirado en Aparecida y un sínodo que hemos tenido, el primer sínodo diocesano, lo resumimos en estas cuatro palabras: quiero y queremos una Iglesia de discípulos, que viven en comunidad, que son misioneros, que salen, que no se quedan esperando, que celebra con alegría la fe y que vive con el espíritu del buen samaritano. Un poquito eso resume lo que yo pienso y quiero ser y también lo que estoy animando en esta diócesis sampedrana.

Cuándo el Papa Francisco habla de obispos príncipes no se siente aludido.

De ninguna manera. Me acuerdo que en un viaje a España alguien me preguntó cómo era mi palacio episcopal. Tengo el salón donde recibo, la oficina en la que trabajo, el dormitorio en el que descanso. Son tres espacios que allá por los años cincuenta eran unas aulas. A veces llega alguien a la audiencia y me dice, mire ahí me sentaba yo en el banco que teníamos. Creo que lo de obispo príncipe es algo del pasado, que no tenemos que reproducir hoy, sino más bien, como dice el Papa, el obispo hermano, siervo. Por eso me gusta una relación de paternidad o de hermandad, que muestra un lenguaje más evangélico, de paternidad con los más jóvenes y de fraternidad con los sacerdotes o los que somos más o menos de la misma edad. Pero de príncipe no tengo nada, ni por nacimiento ni porque se me hayan pegado esos estilos.

Llegó a Honduras por primera vez en 1972 y ya definitivamente en 1995. ¿Ha cambiado mucho la realidad socio-religiosa hondureña en este tiempo?

Muchísimo. Cuando llegué en 1972 San Pedro estaba en crecimiento. Era la ciudad de América Latina que, proporcionalmente, más crecía en aquellos años, pero era un ambiente muy sano. Estuve tres años, por decisión durante dos años no manejé, sino que me iba caminando y en bus a todos barrios, comunidades de la ciudad. Así que me conocían hasta los perros de todos los barrios y colonias y nunca tuve ningún problema. Llegar de noche, caminando, en los buses... era un ambiente muy sereno, muy tranquilo, algún problema los fines de semana, algún bolito con otro que sacaban el machete, pero nada más.

Ya cuando llegué el año 1995 la situación era muy distinta, San Pedro había crecido ya muchísimo. Ahora es una ciudad en torno al millón de habitantes y es una realidad mucho más compleja en todos los órdenes, en el ámbito de la convivencia que se ha hecho muy violenta en consecuencia de los lugares más ricos y todos los grandes barrios suburbanos y de marginación. Una ciudad que recoge migrantes de toda Honduras, siendo éste el departamento que más va creciendo.

En el aspecto religioso ha habido también un cambio muy grande. En aquellos años apenas había una presencia protestante. En cambio hoy estamos viviendo un contexto de un gran pluralismo religioso, sobre todo por el crecimiento de las diferentes iglesias evangélicas.

¿Qué es lo que ha aprendido en estos años que ha vivido con los hondureños?

Muchas cosas. Ya cuando llegué de misionero en el año 1972 me dije a mí mismo ver, oír, pensar y actuar. De tal forma que ya en aquella época, como ya sabía medio año antes que iba a venir, me leí los libros de Gustavo Gutiérrez, de Segundo Galilea, de todos estos autores. Entonces dije, vengo a otra cultura, voy a hacerme hondureño con los hondureños. Al día siguiente de llegar dije se acabó el pan y el vino, las tortillas de maíz y las costumbres de acá. Pero no voy a empezar yo a proyectar mi cultura española, sino oír, ver y pensar y voy a hacer lo que se hace. Y prácticamente en esos tres años es lo que hice. No vine aquí como aquel que sabe, rompe y rasga, sino con una actitud de escucha, de acogida, de conocer, de hablar, de preguntar, de reflexionar. De manera que al final de esos tres años le presenté a Monseñor Jaime Brufau, un diseños de parroquia como comunidad de comunidades, a partir de todo lo que había reflexionado y escuchado. No se pudo realizar porque mis superiores me dejaron en España.

He procurado mantener esa actitud de discípulo que aprende de los fieles, de la gente. Creo que la relación obispo-Pueblo de Dios es de mutua enseñanza y aprendizaje y desde ahí he aprendido muchas cosas. Primero a dejarme querer, ayudar. A veces es más fácil hacer, hacer, hacer que dejarse ayudar, más fácil amar, amar que dejarse amar. Cuando llegué, yo un castellano serrano, austero, fuerte, duro, me dijeron monseñor déjese querer, a lo que respondí, bien, quiéranme. Me he dejado querer y me siento querido por el pueblo y entonces he aprendido también a querer, la importancia que tiene el querer a las personas.

Cuando fui nombrado obispo, Monseñor Javier Azagra, de Murcia, me llamó para felicitarme porque tenía acá un buen grupo de misioneros. Le dije que esto me había caído sin saber nada. Me respondió, Ángel, tranquilo, te doy dos consejos, primero que quieras a la gente y que seas bueno, no te preocupes de más. He aprendido a querer a la gente, dejándome querer, ese querer cercano, de hablar, de abrazarte, de tocarte, de pedir la bendición. He aprendido afectividad, corazón, porque quizás nuestra cultura de España es más racionalista, más fría.

He aprendido a ser Iglesia en esa cercanía y comunión con la gente, de tal manera es cuando voy por las comunidades, aldeas, barrios y estoy con este Pueblo de Dios, con estos fieles, celebramos la misa y nos juntamos luego para comer el tamalito que te han preparado, o lo que sea. Ese estar con la gente que me ha hecho aprender a ser feliz, disfrutando con ellos de la misa, de una charla, de un tamal...

He aprendido también a sufrir con este pueblo, a sufrir por tanto como sufren, a no instalarme tranquilamente en la comodidad, en la rutina, en la insensibilidad, sino a sufrir con este pueblo que sufre, que no se me endurezca el corazón, que tenga un corazón compasivo. Y ahorita me anima en todo esto la insistencia que el Papa está dando en ese aspecto de la misericordia, de la ternura, de la compasión.

Recuerdo una vez visitando a las enfermas de sida en el hogar Don de Jesús, que llevan las misioneras de Madre Teresa de Calcuta. Una señora ya a punto de morir, la hermana me dice, le quedan pocas horas. Era una señora de unos treinta y tantos años, el rostro arrugadito, pero una cara con una serenidad, una belleza en su decrepitud. Le di un abrazo, un beso y murió al día siguiente. La hermana cuando me ve me dice, monseñor, sabe lo que dijo la señora antes de morir, es Jesús quien me ha besado, es Jesús quien me ha abrazado, puedo morir en paz. Ese sentir con los que sufren, que no se nos endurezca el corazón, mantener esa sensibilidad, es una de las cosas que también he aprendido conviviendo acá con la gente, que lleva con tanta fortaleza muchas formas de ser feliz.

¿Cuánta población tiene la diócesis de San Pedro Sula?

En torno a dos millones de habitantes.

¿Cuántos sacerdotes hay en la diócesis?

En este momento estaremos en los 80 o 82. Digo esto porque los que son de congregación, de repente a uno lo han cambiado. En torno a unos 80, de los cuales 34 son sacerdotes diocesanos hondureños.

¿Cómo se organiza una Iglesia en la que para dos millones de habitantes sólo hay 80 sacerdotes? Una cosa que en España sería impensable.

Es como si me dices que en España se necesitan muchos sacerdotes. ¿Se imagina usted toda Segovia con una sola parroquia y un solo sacerdote? Nos organizamos como la Iglesia tiene que organizarse, y estamos haciendo por exigencia práctica lo que no hicimos por teología y por verdadera pastoral. Estadísticamente los laicos son el 99,99%, es decir la Iglesia es el Pueblo de Dios. En este Pueblo, Dios llama a algunos para el ministerio sacerdotal, pero la Iglesia tenemos que hacerla todos, cada uno desde su carisma. ¿Qué hacemos? La promoción, capacitación y formación de los laicos. Hay parroquias de 12, 14, 16 comunidades locales, quién dirige, quién forma el consejo pastoral local, son los laicos y aunque no esté el sacerdote ellos lo organizan y los llevan. La diócesis de San Pedro Sula es posible porque son los laicos los que construyen la Iglesia. Ellos forman las comisiones y consejos de pastoral, ellos llevan adelante esta Iglesia. Y es que así debe ser, una Iglesia que se redujese a pivotar sólo sobre el ministerio no sería la Iglesia Pueblo de Dios.

Que es lo que el Papa Francisco está queriendo poner en la cabeza de quienes viven su fe en otras latitudes, como Europa, donde sería impensable. Él siempre dice que en la Iglesia los protagonistas tienen que ser los laicos.

Estamos celebrando los cincuenta años de los delegados de la Palabra de Dios, fundado por Monseñor Marcelo Gérin, un obispo canadiense, en el sur, en Choluteca. Empezó viendo la necesidad de tantas aldeas que sólo tenían misa una vez al año. Inspirado en el Vaticano II pensó en laicos que reúnen a la comunidad y hacen la celebración de la Palabra. Estamos celebrando cincuenta años y son miles de estos laicos. A veces voy a mi pueblo, a los pueblos vecinos, y le digo a mi hermano, a otra persona, tú por qué no reúnes a la gente, tú podrías ser un gran delegado de la Palabra. La respuesta es ay, cómo voy a hacer esas cosas.

Si la Iglesia la reducimos, como se ha pensado teológicamente a veces, que la misión, la pastoral, la evangelización es solamente del ministerio ordenado, primero estamos equivocados y segundo esa Iglesia es inviable. De ahí la importancia en todo el mundo de que es la Iglesia entera, el Pueblo de Dios entero, el sujeto de la misión, de los ministerios y de la comunión.

¿Y cuándo la Iglesia española se va a convencer de eso?

Pues si no se convence teóricamente y lo pone en práctica, se convencerá, cuando no le quede más remedio, por la necesidad práctica.

¿Cuáles son los desafíos que debe enfrentar la Iglesia de San Pedro Sula, la Iglesia hondureña?

Entre los desafíos, el primero sería salir más allá de las comunidades ya formadas, porque hacemos un estudio sociológico y digo, ¿cuántos vienen a la celebración de la Eucaristía o de la Palabra, cuántos se bautizan, cuántos están en comunidades eclesiales de base? Y aunque parezca que se llenan nuestras iglesias y capillas, estadísticamente el número es bajo. Si Jesús, teniendo noventa y nueve ovejas las dejó por buscar una, si resulta que yo tengo diez en el redil, ¿no voy a ir a buscar las otras noventa? Que no quiere decir que sean personas malas, pueden ser personas buenas, justas, pero no viven una fe eclesializada, es decir, no viven una fe participando de una comunidad viva. Entonces estoy insistiendo en esto, tenemos que salir del aprisco, porque son más las ovejas que están fuera que las que están dentro. Eso no significa condenar a los que están fuera, significa anunciar el Evangelio, llamar, visitar, en las casas, en los ambientes, lo que ha dicho el Papa, salir. Nosotros lo hemos traducido esto como una Iglesia misionera, que sale siempre más allá de lo ya logrado.

El otro reto es cómo este Evangelio incide en el desarrollo, en la transformación social, cómo el Evangelio se convierte en motivación para una Iglesia que llamamos samaritana. Un gran reto de organizar de una manera sistemática, integral y global, como dice Aparecida, una pastoral social diocesana. Hablando de la diócesis de San Pedro Sula, una pastoral social diocesana integral, de tal manera que no haya parroquia, no haya comunidad local que no tenga su pastoral social, enfermos, pobres, migrantes... Yo suelo decir a los párrocos en las reuniones, ¿qué pasaría si en esta parroquia, o en la ciudad de San Pedro Sula, durante seis meses no va a haber misa? Sería un escándalo. Y pregunto, ¿no pasa nada porque ésta, ésta y esta parroquia lleven seis meses o seis años sin una pastoral social organizada? Ahí no pasa nada. Ya el Papa Benedicto dijo bien claro, la caridad social forma parte integrante de la Iglesia como la pastoral litúrgica y la pastoral de la evangelización, es constitutiva. Acá tenemos otro gran reto, hay una gran acción, pero nos falta mucho por avanzar, de tal manera que no haya parroquia o comunidad que no tenga bien organizada esta pastoral, como respuesta a las necesidades, desde la necesidad inmediata de las obras de caridad hasta proyectos más importantes de desarrollo.

Otro reto muy importante es la familia. En Honduras ocurren dos fenómenos, por una parte familia sacramentada casi no ha existido y ahora viene toda la corriente de la cultura adveniente que decía Santo Domingo, juntándose están dos corrientes, lo que lleva a un deterioro muy grande de la familia. En Honduras se necesita avanzar mucho en la evangelización de la familia. Tenemos el gran reto de consolidar a la familia en unos valores humanos y cristianos, porque no hay familia de verdad. Aquí hay un gran trabajo por hacer en nuestro contexto hondureño y acertar en una pastoral que llegue a las personas en sus más diversas situaciones, no sólo a las familias constituidas como familias practicantes, sino, sobre todo, como llegar a tantas familias que están desintegradas, o que sólo está la madre, a todas las situaciones concretas cómo llegar.

Recuerdo que en cierta ocasión vino un movimiento a decirme que lo admitiera en la diócesis y el argumento que me daban era que trabajaban con personas ya de Iglesia, con personas que ya están viniendo. Respondí que precisamente lo que necesitaba era lo contrario, matrimonios que vengan a trabajar con quienes están en situaciones de necesidad, de abandono, de sufrimiento, con ellos es con los que hay que trabajar. Una pastoral familiar que sepa llegar a las diferentes situaciones en que vive hoy la familia hondureña, inclusive las de desintegración.

¿Alguna cosa más que usted quisiera añadir?

Añadiría que aún en medio de esta realidad vale la pena entregar la vida por el Evangelio y por los demás, que no me falta nada, no necesito nada, tengo lo suficiente, el Señor llena mi vida y la entrega a su Iglesia, a la Iglesia de San Pedro Sula. Me siento feliz, casi no sigo toda la problemática española, estoy metido acá y estoy tan metido que, como ya he dicho, hasta los niños de catequesis saben, que ese agujero que está en la cripta después del último obispo es para Monseñor Ángel. Aquí está mi corazón, mi espíritu y aquí me espera el sitio donde un día deje mis huesos en espera de la resurrección.

Fuente: periodistadigital.com